El Gobierno quiere cambiar la
legislación de parques nacionales a fin de
fumigarlos con glifosato para combatir en ellos la
proliferación de cultivos ilícitos. Así lo anunció
hace una semana, y todos quedaron tan tranquilos. El
ministro de Gobierno se atrevió a decir que “la
mayor riqueza de la nación son sus reservas
ecológicas y no se puede permitir que sean
contaminadas con químicos por la producción de
droga”.
Tenemos, entonces, que el
Gobierno se propone envenenar los parques para
protegerlos. Con la misma desfachatez habrían podido
anunciar que, ante la epidemia escolar de piojos, y
movido por su aprecio del cuero cabelludo de los
estudiantes colombianos, procederá a decapitar a los
apestados. No sabíamos del hondo cariño del ministro
de la política por los parques: un cariño que lo
impulsa a matar lo que más ama. Pero teníamos la
idea, a fuerza de oírsela a voceros oficiales, de
que estábamos ganando la batalla contra los cocales.
Ahora resulta que no. Que, para vencer, será
necesario modificar las leyes ecológicas de
inspiración universal a fin de introducir en los
parques sustancias químicas contaminantes.
Esta historia tiene tres patas, y
los colombianos están en su derecho de conocerla
completa. Deben saber, en primer lugar, que la
fumigación no ha sido esa herramienta victoriosa
contra los cultivos ilícitos que quieren vendernos.
Segundo, que el sacrificio de nuestros parques se
hará por presiones de la embajada de Estados Unidos
y el sometimiento de nuestras autoridades. Y,
tercero, que, aunque se han extendido los cultivos
ilícitos en zonas naturales, es posible combatirlos
sin acabar con los parques.
Vamos por partes y examinémoslas
todas.
Éxito, pero poco. La guerra
contra las drogas no avanza. Las más optimistas
cifras hablan de un menor número de hectáreas
cultivadas, pero la Junta Internacional de
Fiscalización de Estupefacientes, órgano de la ONU,
ya señaló cómo “la reducción de la superficie total
en Suramérica parece neutralizada por aumento del
rendimiento agrícola”. Asesores colombianos han
dicho que el modelo no sirve. Fumigar envenena, pero
no derrota. Sin embargo, pretenden que insistamos en
la fórmula equivocada y que la hagamos aún peor.
¡Qué dirá la Embajada! Si algún
día abriera sus actas el Consejo Nacional de
Estupefacientes, organismo que dirige la lucha
contra la droga en Colombia, veríamos hasta qué
punto la embajada de Estados Unidos ha ejercido
presión para conseguir algo que en su país le
acarrearía un escándalo nacional: fumigar los
parques con glifosato. Yo entiendo a la embajada: al
fin y al cabo, los parques colombianos no son
problema suyo, y quienes salen perdiendo con la
fumigación no son los ciudadanos estadounidenses
sino los de aquí. Lo grave es que ante esas
presiones se han plegado casi todas las
instituciones representadas en el Consejo: desde el
ministerio de Gobierno hasta la Procuraduría. Solo
los organismos ambientales se oponen a la
fumigación, y por eso se les mira en el Consejo como
una especie de parias. Si no empezaron aún los
bombardeos de veneno sobre los parques, es debido a
que la ley lo prohíbe. Pero el Gobierno, que tiene
la costumbre de cambiar las leyes que le estorban,
como ocurrió con la reelección, parece decidido a
dar el paso nefando y consagrar en el estatuto
orgánico de parques la posibilidad de que las
propias autoridades esparzan sustancias químicas
expresamente diseñadas para provocar alteraciones
botánicas.
Otras maneras de matar piojos. El
argumento de fumigar los parques para impedir que
los químicos de los cocaleros los contaminen merece
responderse con el eslógan que esgrimieron los
jóvenes gringos en los años sesenta: “Luchar por la
paz en Vietnam es como fornicar por la virginidad”.
Sobre todo porque hay maneras más eficaces y
delicadas de combatir los cultivos ilícitos,
particularmente en territorios privilegiados por su
condición natural. No se trata de permitir que los
productores de droga hallen un enclave en los
parques, porque sus sembrados son dañinos y porque
la ley obliga a perseguirlos. Sino de luchar contra
ellos de manera que no acabemos con la que el
ministro Jorge Alberto Uribe llama, con una
sonrisita, “la mayor riqueza de la nación”. En
muchas zonas de Colombia el desarraigo manual de las
plantaciones ilegales ha producido benéficos
efectos, y en el Perú y Bolivia la primera opción no
es fumigar, como entre nosotros, sino erradicar
manualmente. Cuesta algo más de dinero, es menos
sencillo que soltar una flotilla de aeronaves
cargadas de glifosato y no beneficia a ciertas
empresas químicas, pero resulta mejor que bañar los
parques con un diluvio de veneno,
Estamos advertidos. Para dar
gusto a Washington, el gobierno colombiano se
propone impulsar una ley que permita la fumigación
en los parques nacionales. Hay que impedirlo. Hay
que decirle que estamos en la obligación de proteger
un patrimonio perteneciente a las futuras
generaciones de colombianos.
cambalache@mail.ddnet.es